Los miércoles no tenía que ir a la redacción, una suerte. Sin embargo, no era raro que tuviera cosas que escribir, por lo que solía ponerme en la mesa de mi cuarto a trabajar, casi siempre con la compañía del sonido que despedía el reproductor del ordenador o el tocadiscos del salón contiguo. La verdad es que yo era un poco tramposo con eso de la música, pues la ponía lo suficientemente alta como para que mi amor la escuchara desde el otro lado de la casa. Al final, ella me decía que mi selección era digna del Freeway, cosa que me ponía un poco de los nervios. No por nada, el Freeway me gusta, pero la frase conseguía sacarme de mis casillas.
Lo mejor de ese día era ir a la compra. No sé por qué, adoro ir al mercado. Me fascina toda esa gama gigante de productos colocados en los estantes. Es gracioso, a mi amor no le gustaba especialmente eso de la compra, pero luego ella tardaba una eternidad en elegir cada cosa y yo, en cambio, iba a mil por hora. Al final, pasara lo que pasara, el importe siempre era superior al esperado, incluso aunque no me comprara mis galletas de chocolate con forma de dinosaurio.
Además, hacer la compra tenía premio para nosotros: comer fuera. Ella y yo siempre hemos sido muy glotones y la posibilidad de ir a un restaurante, entre semana, de manera casi furtiva, era muy especial. Como el hipermercado pillaba en Lavapiés, a veces íbamos a uno de esos restaurantes indios que hay en el barrio. Pero todavía me gustaba más el gallego de la calle Fúcar. El ritual era casi siempre el mismo: sentarnos en una de las mesas de madera tosca, esperar a que la camarera trajera las cartas y decidir si pedir media razón de pulpo o una entera, no nos fuéramos a quedar con hambre.
Sobre lo que no había ninguna duda era el segundo: arroz a la marinera para dos. Tardaban exactamente 25 minutos en prepararlo, pero merecía la pena. Que lo sirvieran en una cacerola de metal de esas que hay en cualquier casa no hacía más que reforzar ese sabor especial que desprendía el manjar. Arroz con calamar, gambas, pescado blanco, mejillones, almejas, pimiento y cebolla formando un mejunje delicioso. No había día que no temiéramos que fuera a sobrar y, al final, nos lo comíamos enterito. Ni un solo grano de arroz quedaba en el plato. Para beber, agua fría y dos tazas de Ribeiro. Si la cosa iba especialmente bien, pedíamos dos más.
Recuerdo que salir de aquel local, habitualmente atestado, me producía una extraña somnolencia.