Los miércoles no tenía que ir a la redacción, suerte de ser colaborador, supongo. No era raro que tuviera cosas que escribir, por lo que me solía poner en la mesa de mi cuerto a trabajar, casi siempre con música. La verdad es que yo era un poco tramposo con eso de la música, pues la ponía lo suficientemente alta como para que mi amorci la escuchara desde el otro lado de la casa. Al final, ella me decía que mi selección era digna del Freeway, cosa que me ponía un poco de los nervios.
Lo mejor de ese día era ir a la compra. No sé por qué, adoro ir al supermercado. Me fascinan toda esa gama gigante de productos colocados en los estantes. Es gracioso, a mi amor no le gustaba especialmente eso de la compra, pero ella tardaba una eternidad en elegir cada cosa y yo, en cambio, iba a mil por hora. Al final, pasara lo que pasara, el importe siempre era superior al esperado, incluso aunque no me comprara mis galletas de chocolate con forma de dinosaurio.
Además, es que hacer la compra tenía premio para nosotros: comer fuera. Ella y yo siempre hemos sido muy glotones y la posibilidad de ir a un restaurante, entre semana, de manera casi furtiva, era muy especial. Como el hipermercado pillaba en Lavapiés, a veces íbamos a uno de esos restaurantes indios que hay en el barrio. Pero todavía me gustaba más el gallego de la calle Fúcar. El ritual era casi siempre el mismo: sentarnos en una de las mesas de madera tosca. La camarera traía las cartas y decidíamos si pedir media razón de pulpo o si innovábamos con croquetas u otro plato.
Sobre lo que no había ninguna duda era el segundo: arroz a la marinera para dos. Tardaban exactamente 25 minutos en prepararlo, pero merecía la pena. Que lo sirvieran en una cacerola de metal de esas que hay en cualquier casa no hacía más que reforzar ese sabor especial que desprendía el manjar. Arroz con calamar, gambas, pescado blanco, mejillones, almejas, pimiento y cebolla formando un mejunje delicioso. No había día que no temiéramos que fuera a sobrar y, al final, nos lo comíamos enterito. Ni un solo grano de arroz quedaba en el plato. Para beber, agua fría y dos tazas de Ribeiro. Si la cosa iba más allá, hasta pedíamos dos más.
Recuerdo que salir de aquel local, habitualmente atestado, me producía una extraña somnolencia.
sábado 19 de septiembre de 2009
sábado 5 de septiembre de 2009
Cosas que me hacen feliz
1. Tener la nevera llena de comida.
2. Belle and Sebastian.
3. Tocar la batería contra las agarraderas del metro mientras escucho música por mis auriculares. También cantar en bajito o hacer lip-sync.
4. Hacer cosas interesantes los sábados por la mañana.
5. Tomar cervezas en terrazas al aire libre.
6. Que pongan patatas fritas con esas cervezas.
7. Mirar las caras de flipación del público en un concierto.
8. Estudiarme los mapas de las ciudades a las que quiero ir o en las que ya he estado.
9. La gente que es genuinamente amable cuando entras a una tienda o un restaurante.
10. Los desayunos buffet de hotel.
11. Las noches de verano en las que hace un poco de fresco.
12. Quitarle el plástico a un CD o a un vinilo.
13. Los tráilers en los cines.
14. Tirarme al agua de cabeza.
15. Llevar bufanda cuando hace frío.
16. Que me rasquen la espalda (matizo: que me rasquen personas determinadas).
17. Hablar de fútbol.
18. Tumbarme en el cesped y quitarme los zapatos.
19. El olor del campo después de la lluvia.
20. Que sea sábado o domingo y que juegue el Madrid de fútbol y/o baloncesto.
Si os parece una cursilada, lo siento.
2. Belle and Sebastian.
3. Tocar la batería contra las agarraderas del metro mientras escucho música por mis auriculares. También cantar en bajito o hacer lip-sync.
4. Hacer cosas interesantes los sábados por la mañana.
5. Tomar cervezas en terrazas al aire libre.
6. Que pongan patatas fritas con esas cervezas.
7. Mirar las caras de flipación del público en un concierto.
8. Estudiarme los mapas de las ciudades a las que quiero ir o en las que ya he estado.
9. La gente que es genuinamente amable cuando entras a una tienda o un restaurante.
10. Los desayunos buffet de hotel.
11. Las noches de verano en las que hace un poco de fresco.
12. Quitarle el plástico a un CD o a un vinilo.
13. Los tráilers en los cines.
14. Tirarme al agua de cabeza.
15. Llevar bufanda cuando hace frío.
16. Que me rasquen la espalda (matizo: que me rasquen personas determinadas).
17. Hablar de fútbol.
18. Tumbarme en el cesped y quitarme los zapatos.
19. El olor del campo después de la lluvia.
20. Que sea sábado o domingo y que juegue el Madrid de fútbol y/o baloncesto.
Si os parece una cursilada, lo siento.
martes 1 de septiembre de 2009
¡Leyi!

Hoy me he enterado que Leyi murió hace unos días. Leyi/Orejas era una de los perritas de la familia Alvarado, un animal bello y adorable al que era imposible no querer mucho mucho mucho. Carmela siempre dice que a mí Orejas me quería mucho y yo creo que era un poco verdad, porque muchas veces se abría de patas para que le pudiera rascar la barriguita. También le di unos cuantos friskis, que eran su comida favorita junto al paté y a las patatas crudas, y jugué con ella a la ranita y a la pelota.
Hacía tiempo que no la veía, por cuestiones que no vienen al caso, pero acordarme de su ladrido al llegar a casa y del ruido de sus pezuñas por el pasillo de mi casa de la calle Cervantes me hacía bastante feliz.
Supongo que todos los seres vivos acabamos por morir, aunque eso la verdad es que es una puta mierda de cosa. Hay quien no debería morir nunca jamás.
Pues hoy he tenido un día bastante tristón pensando en lo genial que era este Yorkshire. Pero bueno, creo que tuvo una vida bastante feliz al lado de su mami Carmen, con la que estaba todo el día, Cucho, Pec y, por supuesto, Car. Comió mucho, durmió mucho y recibió muchas caricias, rasquidos y besos, que yo creo que es una manera bastante genial de vivir.
Supongo que Boni y Wes, las otras ratas de la familia, el Tigre y Felipe también estarán tristes como yo.
Siempre estarás en mi corazón, Leyi.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)